Tabaco en el taller, ¡no, gracias!

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Artículo de Josep Ferro en Infotaller

 

Si quieres hacer sonreír al camarero que te está sirviendo un café en un restaurante, como si nada, con amabilidad, pídele un cenicero.

A algunos os parecerá increíble, a la mayoría os hará recontar años: hace solo 10 años se fumaba en las barras de los bares y en las mesas de los restaurantes.

Las sobremesas eran bastante más largas y con el cigarrillo de algún comensal se despachaban más gintonics y otras copas. Si tenías la mala fortuna de que el de una mesa cercana se encendía un Montecristo, no te quedaba otra opción que elegir entre refunfuñar en voz baja o irte.

Hoy, al final de la comida siempre hay alguien que te deja sentado en la mesa porque sale a la calle a fumar. ¡Maldita sea! Suerte que nos queda jugar con el móvil, ¡mucho más distraído hoy que con aquellos cacharros de aquellos tiempos! ¡Cómo nos han cambiado los hábitos sociales…!

De fin de semana y con tres enanos me había ido de más de un restaurante para tener paz con toda la familia.

Y un día, quién se acuerda de porqué, apareció la primera ley antitabaco en España, en 2006. ¿os acordáis? Los restaurantes tuvieron que habilitar zonas para fumadores donde, admitámoslo, se estaba mejor que en las otras zonas. Se gastaron fortunas para cumplir la ley. Zonas mejor ventiladas, con menos gente, más silencio, menos follón. Sin niños, que tenían prohibida la entrada a estas zonas… Sin ser fumador, en los restaurantes, yo solía elegir mesa en la pecera de los fumadores: ¡se estaba mucho mejor! Las zonas de fumadores de los aeropuertos daban pena. Sí, era así.

Con la ley de 2010 cayó la bomba. Se extendía la prohibición de fumar en cualquier tipo de espacio de uso colectivo, local abierto al público, que no esté al aire libre (con una única excepción otorgada a centros de internamiento penitenciario y psiquiátrico y en zonas y habitaciones delimitadas en centros residenciales de mayores), que no vienen al caso ahora.

Las terrazas de los restaurantes, las carpas, las terrazas interiores con claraboyas, los áticos con encanto… han surgido mil ideas para poder combinar el ocio, la gastronomía y el tabaco. Restaurantes y bares han invadido la acera pública para montar terrazas de plástico (horrorosas) para los fumadores. Las aceras para los viandantes ahora son más estrechas y los ayuntamientos sacan tajada de esta realidad. Las calles más bonitas de las ciudades están llenas de coches y de plástico para los fumadores. El tabaco, su ley, y la manera de evitarla ha cambiado la fisonomía de las ciudades.

Y hoy, en los trenes, entre vagones, o en la cola de los aviones, ya no se fuma. Impensable. En los vuelos largos estaba permitido fumar a ciertas zonas de los aviones. No hace tanto. Hoy saldrías al telediario. Y naturalmente, en el trabajo tampoco se fuma. Ya no se ve a nadie fumando en oficinas, pasillos, cafeteras ni lavabos. Unos salen a la calle y otros al balcón, a la azotea si la tienen o a las escaleras de incendios. ¿Es ilegal? dejémoslo ahora. El tabaco ahora está condenado a la calle o a la privacidad. Y como en casa y con hijos es feo, miles de padres/madres salen a fumar al balcón.

El último refugio para el fumador es el coche. Puedes ser severamente sancionado por mirar el whatsapp en un semáforo en rojo y, sin embargo, puedes conducir, encenderte un cigarrillo y circular saboreándolo, tan anchamente.

Acerquémonos ahora al mundo de la construcción y al taller, donde suele fumar quien quiere. El taller es ese lugar donde cumplir la ley suele ser opcional. Y no sé de qué nos extrañamos. Paseando por cualquier ciudad del mundo, la imagen de la puerta de cualquier edificio de oficinas es siempre con alguien haciendo más o menos nada, y fumando. Y nunca está solo.

Tanto con el calor del verano como en días de riguroso invierno, siempre hay gente fumando en las puertas. En cualquier taller, no vamos a ser menos, la imagen del encargado (dando ejemplo), un proveedor (liándola), un perito (luego lo criticamos, pero allí está fumando) y alguien más (súper-comprometido), dándole al pitillo, es otra más de las imágenes de la posventa en España.

Y luego nos quejamos de las productividades (de los operarios y del personal de las oficinas) y de que no salen los tiempos. Pero el tabaco se lleva todos los días una parte de nuestro tiempo productivo. ¡Ah, espera! Dice que luego lo recuperan. Bien, bien… Tomo nota de que, poder, sí se puede. Es que no queremos. Apuntado.

Me decía un viejo colaborador, hoy ya jubilado, a media mañana: “jefe, que me voy a dar un paseo de 10 minutos”. “Cómo que un paseo? ¿No tienes faena?”. “Solo serán 10 minutos… lo necesito”. “Haz lo que quieras, pero no te entiendo”. “No van los otros a fumar?” “Ya, pero tú no fumas”. Se reía y me respondía: ”Empiezo ahora”. El tabaco es la excusa perfecta y contra la que muy pocos se atreven.

Señores, la imagen que damos a nuestros clientes, colaboradores, jefes y accionistas es importante. El cigarrillo en los labios nos parece que es de otros tiempos… Pues no. Es actual. Muy actual. Los que estáis a punto de jubilaros y queréis ser maestros de los jóvenes, acordaos también de esto. Los chavales observan, toman nota y actúan en consecuencia.

Ver a jóvenes todo el día buscando una excusa para fumar (y para distraerse con el whatsapp), de escondidas o no, me hace sospechar que algo estamos haciendo mal. Muy mal. El tabaco socializa, sí… bueno, según donde. Revisa tu imagen llegando al trabajo resoplando, oliendo a cigarrillo fumado en 2 minutos… ¿Es como quieres que te vean?

No estoy para dar lecciones, ni mucho menos. Aceptaré la crítica, que caerá…. Admitamos, porque hay estudios que lo demuestran, que los niños mienten, que mienten mucho a partir de los 4 años, y que nos hacemos mayores y seguimos mintiendo. Y las peores mentiras son las que nos decimos a nosotros mismos y que, fíjate, son tan buenas, que nos las creemos sin darnos cuenta. Y las mentiras que nos decimos que tienen que ver con la comida, el tabaco y el alcohol son las mejores.

¿Como, bebo, fumo más de lo que me gustaría?

Post de Josep Ferro

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